Que la presencia del clero perdería relevancia en la puesta en escena que ofrecen las hermandades de penitencia con motivo de la Semana Santa, estaba cantado. Los aires que el Concilio Vaticano II puso en circulación así lo indicaban, con su rechazo de la religiosidad popular, generado en el seno de la misma Iglesia. La piedad tradicional de las viejas cristiandades se resistía al control doctrinal de la jerarquía. El creciente protagonismo del laicado en las cofradías, amparado por el Derecho Canónico, entró en conflicto abierto con la autoridad del clero.
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