Los más jóvenes ni recuerdan el quiosquillo pintado de verde que estuvo en la calle Monroy hasta que, no hace muchos años, esta callejuela experimentó los cambios que le dieron el aspecto que ofrece en la actualidad. El colegio de las beatas, al que le servía de recreo, y el molino de aceite de los Portillitos, que le aportaba aquel olor tan peculiar, le otorgaban un carácter singular.
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