Las elecciones andaluzas han dejando unos resultados que, por más que se pudieran imaginar, son difíciles de gestionar y no solo en lo orgánico a nivel de partido. También emocionalmente. Los dirigentes de los partidos y la militancia sienten como el resto de los mortales. Los buenos resultados generan euforia y los malos escuecen. El PP ha ganado por primera vez en la historia una elecciones en Alcalá. Ni siquiera con la caída de Rodríguez Zapatero y la crisis económica fue capaz de arrebatar la posición hegemónica a los socialistas. Era otra época.
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