Saliendo el domingo de misa de doce, presencié algo que atrajo mi atención por ser poco habitual. Una madre y su hija acompañaban a otra joven recorriendo el interior de San Agustín. La familia de la feligresía se esmeraba en mostrar con interés el modesto patrimonio arquitectónico, pictórico y escultórico de la iglesia. No pudiéndome resistir, aguardé el momento oportuno para entrar en contacto con ellas. Me dijeron que acompañaban a una amiga, posgraduada universitaria dominicana, que amplía estudios en Valencia.
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