No todos los que, viviendo en Alcalá, se dedicaron a las cabras, las vacas y las ovejas, dispusieron de pastos propios o arrendados (sólo los más fuertes). Las riberas del río fueron la solución para los rebaños de pastores modestos. De todas formas, la necesidad agudizó el ingenio. La picaresca lograba romper barreras infranqueables, y la vigilancia de guardia civil, guardas jurados de fincas particulares y guardas rurales.
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