El mes de febrero de 1978 pegué en mi cuaderno de clase el recorte de un ABC atrasado, recogido en la barbería del tío Herrera. Recoge el letrero que llevaba veinte años en la pared del Puente del Pilar. El comentario que añadía el periodista, completamente ajeno a la realidad originante, era lo novedoso. Hizo falta forzar el mensaje, sin pudor y con mal gusto, hasta adecuarlo a la moda originada por «El cipote de Archidona», de Camilo José Cela.
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