Cuando en 1247 los defensores del Castillo de Alcalá decidieron que su cometido no valía lo que su vida y decidieron entregar la fortaleza, no lo hicieron al triunfante rey castellano, Fernando III, que con sus tropas venía conquistando todo el valle del Guadalquivir. Por el contrario, se la entregaron al caudillo de Granada, vasallo de Fernando, quien a su vez se la traspasó a su señor. Y todos tan contentos.
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