Este que les escribe regularmente, aparte de arqueólogo es Doctor en Historia y profesor del Máster de Arqueología de la Universidad de Sevilla desde hace ya una década. Me siento, por tanto, adscrito con cierto cariño y conocimiento de causa al mundo universitario.
Por lo que todo este vergonzoso asunto del máster espurio de la presidenta de la Comunidad de Madrid básicamente me da bastante asco.
A estas alturas parece obvio que ni se cursó la docencia necesaria ni se realizó el famoso «Trabajo Fin de Máster», imprescindible para obtener la titulación. Desde mi experiencia como tutor de TFM y en tribunales de máster les aseguro que todo esto lleva una burocracia que puede llegar a ser abrumadora. Evidenciada la trola, restan dimisiones, expedientes y despidos desde el primer implicado al último mono, faltaría más.
Pero en todo esto el dedo nos oculta la luna. Primero nos cargamos la razón de ser de la Universidad ligándola al maldito mercado y al poder político, con universidades que son «de unos» o «de otros». Democratizamos el acceso, pero con ello no hicimos más que obtener recuas de titulados sin futuro profesional. Nos cargamos el valor de las titulaciones metiendo los «másteres», que expulsan de los tramos superiores de la educación universitaria a las personas con menos recursos. Más o menos como la Justicia y tantas otras instituciones, abocadas durante los últimos cuarenta años a convertirse en tristes palmeros de nuestro bienamado régimen.
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