La frase no es mía; la he leído en un libro de Valentín González, alias El Campesino, publicado por la editorial Maracay en los cincuenta del pasado siglo con el título «Yo escogí la esclavitud». La expresión no es una figura retórica como el «oxímoron», unión sintáctica de dos ideas contradictorias (e.gr. concordia discorde) o el «adýnaton», un imposible, y fue pronunciada por una maestra que había acompañado a los niños españoles enviados a Rusia por la república para protegerlos de la guerra e instruirlos según los métodos soviéticos.
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