El discurso anticristiano fue hegemónico en el republicanismo español del primer tercio del siglo XX. Los republicanos católicos siempre fueron una minoría. Durante el debate constitucional de la Segunda República se impuso la postura más intransigente con la Iglesia. Álvaro de Albornoz fue muy elocuente: «No más transacciones con el enemigo irreconciliable de nuestros sentimientos y nuestras ideas».
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