Cuando lo conocí, él era un hombre de mediana edad y yo era un joven, aunque nuestros talantes sugerían lo contrario. Él era jovial y hablador; inventaba historias que ignoraban la frontera prosaica que separa lo real de lo imaginario. En su mente, ambos mundos eran igualmente habitables, igualmente mágicos. Le quedaba todo por aprender. Se ilusionaba con todo. Yo era serio y realista. Además, mi tendencia natural a la circunspección se veía reforzada, en aquella época, por esa necesidad que tienen los profesionales jóvenes de compensar la falta de experiencia con cierta gravedad impostada en sus gestos.
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