En las redes sociales afloran nuestros impulsos más primitivos. A solas ante el ordenador o el móvil, a salvo de la mirada y de la réplica de los demás, nos dejamos llevar por una vanidad sin fundamento, por un narcisismo pueril que palíe la desazón de nuestra existencia vulgar. En las redes podemos transformarnos en reyes altivos y fatuos de un mundo imaginario.
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