Al empezar a escribir, la melancolía otoñal me invade viendo caer las hojas que impúdicamente dejan desnudos los árboles que las alimentaron. A mi memoria viene la imagen de otro árbol al que llamamos Constitución. Bajo él nos cobijamos ilusionados. Sus hojas lo fueron una pléyade de políticos que nos demostraron que las ideas por opuestas que fueren nos podían unir. Aceptando las reglas del juego cantábamos libertad sin ira.
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