Querido Enrique, mi gran amigo, qué pronto madrugó la madrugada para separarte el alma de tu maltrecho cuerpo, que por tantos años ha sido su morada. Con la seguridad de que en la Morada Eterna estará ya tu alma de hombre bueno, experimento un profundo dolor por tu partida, la falta de nuestro último abrazo, de ese adiós que a veces sin palabras los humanos nos decimos.
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