Miramos el cielo y si se asoma la puerta de Murcia —me acabo de enterar que así se llama la franja de sol entre dos bloques negros negrísimos de nubes—, es que va a caer agua a espuertas. Y lejos de alegrarnos, por el bien de nuestro campo, de nuestra atmósfera, de nuestros pantanos, nos echamos a temblar. ¿Aprovecharán los aceituneros para volver a soltar la sosa caústica en nuestro río que también es el suyo? ¿Rebosarán las balsas con las porquerías? ¿Volverá a arremolinarse en las azudas de los molinos la espuma blanca de la muerte? ¿Tendremos que asistir otra vez a contemplar en las esquinas de nuestro Guadaíra las bancadas de peces muertos con las tripas hacia arriba?
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