En las noches iniciales de este verano, todavía agradables, de la mano de un poniente suave, han ido llegando a la altura de los balcones entrecortadas voces de lo que parecían buenos cantes unas veces, rumores de historias comunes culminadas por risas a coro, otras, e incluso, alguna, acelerados ritmos de atropelladas palabras acaparando el escaso frescor atlántico de la noche. Procedían todos estos vientos, cargados de notas y voces distintas, de algún lugar abierto de nuestro Castillo. Y a uno le reconfortaban estos aires sonoros porque en el rumor de sus voces se intuía la alegría de una breve convivencia y porque procedían de una fortaleza paradójicamente inerme y acostumbrada al vacío.
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