Fuimos siempre divertidos, carnavalescos, alegres por encima de todo. Así lo demuestran documentos y cartas de hace más de un siglo. Me sorprendió sobre todo, los motes tan simpáticos con los que nos conocíamos y nombrábamos, aceptándolos con naturalidad y sin pudor alguno… ¿y todavía lo seguimos haciendo…? No hace falta explicar su origen, dado lo bien puesto que el pueblo le moteó: «culi bajo», «mangarriega», «la hija del cura», «pancita», «cara olla», «el cacha»… Así aparecen en 1870, cuando Alcalá tenía unos 7000 habitantes. Otros más recientes: como aquella simpática y arrugada anciana que se conocía como «el bichito de la almeja»; «el pancita»; «cara olla», o la «Magdalenita querío», aquella loca que se creía marquesa y cargaba con sus miserables enseres por las calles.
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