Para acceder a una veta de oro hay que dar en ocasiones un desvío. Andar un camino alternativo que, inesperadamente, puede resultar un filón, otra veta madre que hace envidiar al material primigenio. De modo parecido, el mundo de la cultura, la historia del
arte, la música, la literatura… es un laberinto plagado de prodigios y júbilo, formado por calles y encrucijadas, vericuetos insospechados y caminos tortuosos.

Viene este desvarío, no sé si más humano o más geológico, a cuento de una película y una canción. La película se acaba de estrenar. Se llama A Complete Unknown (2025) y es una biografía sobre los primeros años de Bob Dylan. Cuando Robert Allen Zimmerman, un jovenzuelo de clase media judía pasó de ser un «vagabundo» a convertirse en icono de la cultura pop tras triunfar en la escena folk Greenwich Village. Todo en menos que canta un gallo, aparcando la guitarra de palo por una Fender stratoscaster en The Newport Folk Festival de 1965 y traicionar así los principios de un movimiento que había convertido en herético la electricidad. A la postre, todo «llegar» se repliega siempre sobre un «irse». Guitarra eléctrica por la que un anónimo pagó hace unos años 965.000 dólares. Valiente obstinación la confusión de tomar por reliquia semejante artefacto. Pero por algo Bob
Dylan es Dios, Premio Nobel de Literatura 2016 o, simplemente, Patrimonio de la Humanidad.

Con todo, el meollo de la película es el triángulo amoroso del protagonista con Joan Baez y Suze Rotolo, la chica rubia de la portada de The freewheelin, segundo álbum de estudio del músico estadounidense publicado en el año 1963. Y en la que Bob Dylan y Suze Rotolo caminan con paso firme abrazados por una calle de Nueva York. Bajo un cielo gris plomizo y el asfalto cubierto con restos de nieve. El frío tiembla en el aire y en el suelo dejan una huella imborrable. Ella sonríe al objetivo, se recuesta tratando de cobijarse; con una chaqueta de ante, medio sonriendo, él anda cabizbajo.

La canción es Diamonds and Rust, una de las pocas canciones no políticas de Joan Baez. Pieza central de su disco homónimo de 1975, y en la que disecciona la relación de amor-frustración que mantuvo con Dylan. Llegué a esa canción a través de la versión que la banda británica de heavy metal Judas Priest incluyó en Hero, Hero (1981), un álbum recopilatorio
que vendían a precio de saldo en GICO. Una suerte de centro comercial, «la gran tienda familiar de Alcalá», según anunciaba la propaganda, que se abrió a mediados de los ochenta en lo que hasta entonces había sido el Cine Cervantes.

Porque es solo gracias a esos fragmentos heredados, a la relación que mantenemos con otros seres humanos a través del arte, que nosotros estamos aquí, como en ninguna otra parte.

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